viernes, 20 de septiembre de 2013

Seguir sin ti



Es inútil, además de poco aconsejable, intentar tenerlo todo bajo control o querer anticiparse a lo que sigue.
En aquella época aprendí que, nos guste o no, lo que la vida tiene para darnos no se detiene a escucharnos, sólo fluye.
Aprendí que un ingrediente esencial de la búsqueda consciente o inconsciente de mi propia “infelicidad” era mi manía de actuar como si pudiera determinar lo que habría de suceder, en lugar de aceptar los impredecibles cambios de la vida.
Hubo una época en que mi pelea era permanente.
Oscilaba entre el trabajo que me tomaba por hacer que todo saliera como yo quería y la energía que gastaba tratando de determinar con precisión en qué había fallado para que pasara lo que pasó. Lo hacía sin darme cuenta de que cuando luchamos contra lo que es, por ser como es, interrumpimos el libre fluir de los acontecimientos y evitamos que la situación pueda evolucionar hacia mejor.
Aprendí que la felicidad tiene mucho que ver con la aceptación y la infelicidad con la distancia entre las expectativas y el camino que toma la vida.
Aprendí que la vida nunca responde a todos nuestros deseos ni se ajusta a corresponderse con nuestros méritos.
Aprendí que la realidad nos golpea a cada momentos mostrándonos que nada se puede atesorar, pero también nos acaricia cuando comprobamos que siempre podemos comenzar una vez más, con lo que nuevo que la vida nos trae.
Por eso es preciso aceptar que pasó lo que pasó y soltar “lo viejo”.
La felicidad tiene que ver con admitir sin excepciones que no podemos cambiar el pasado, aunque ciertamente podemos cambiar la forma en que interpretamos eso que pasó.

Seguir sin ti - Jorge Bucay

martes, 20 de agosto de 2013

Quiero que sepas

Quiero que sepas que nunca nadie me dio tanto en tan poco tiempo.

Quiero que sepas que yo quería recuperar las ganas, la ilusión y la sonrisa por mí misma, pero que en el momento en el que apareciste tú, hiciste que todo fluyera de manera natural y que recuperara todo eso aún con más fuerza.

Quiero que sepas que has mejorado mi vida en todos los aspectos.

Quiero que sepas que el mundo necesita más personas como tú.

Quiero que sepas que tienes la sonrisa más bonita que jamás he visto.

Quiero que sepas que adoro esa manera tuya de dejarme sin palabras.

Quiero que sepas que me estoy acostumbrando a escuchar decir “nosotros”, en vez de “yo”.

Quiero que sepas que continúo poniéndome nerviosa cada vez que se acerca la hora de volver a verte.

Quiero que sepas que el mejor momento del día es el rato que paso contigo.

Quiero que sepas que siempre me quedo con ganas de más y no de menos.

Quiero que sepas que me encanta que cada día me sorprendas enseñándome algo nuevo.

Quiero que sepas que quiero lo mejor para ti aunque no siempre sea lo mejor para mí.

Quiero que sepas que estoy intentando que todo esto salga lo mejor posible, pero que no voy a permitir que pagues facturas que no te corresponden.

Quiero que sepas que me dedico hacer solo planes a corto plazo porque hacerlos a largo plazo me aterroriza. Me aterroriza la mera posibilidad de que cuando llegue el momento ya no estés a mi lado.

Quiero que sepas que estoy intentando hacer las cosas lo mejor que puedo, porque como bien sabes, aún continúo rota por dentro.

Quiero que sepas que tengo todo el tiempo por delante para que nos comamos el mundo juntos.

Quiero que sepas que me encanta la posibilidad de imaginar un futuro contigo y con nuestra pequeña chinita Li.

Y quiero que sepas que este es el primer texto, de muchos, que voy a escribir sobre ti.



Li.

domingo, 21 de julio de 2013

Cuando sepas de mí

Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loca, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.
Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe, jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue. Y con todo lujo de detalles. Ya verás. Poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas, y no dudarán en arrojártelo a quemarropa. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo y mal.
Qué sabrán ellos de tu alegría. Yo, que la he tenido entre mis manos y que la pude tutear como quien tutea a la felicidad, quizás. Pero ellos... nah.
A lo que iba.
Nadie puede imaginar lo que sentirás cuando sepas de mí. Nadie puede ni debe, hazme caso. Sentirás el dolor de esa ecuación que creímos resuelta, por ser incapaz de despejarla hasta el final. Sentirás el incordio de esa pregunta que jamás supo cerrar su signo de interrogación. Sentirás un qué hubiera pasado si. Y sobre todo, sentirás que algo entre nosotros continuó creciendo incluso cuando nos separamos. Un algo tan grande como el vacío que dejamos al volver a ser dos. Un algo tan pequeño como el espacio que un sí le acaba siempre cediendo a un no.
Pero tú aguanta. Resiste. Hazte el favor. Háznoslo a los dos. Que no se te note. Que nadie descubra esos ojos tuyos subrayados con agua y sal.
Eso sí, cuando sepas de mí, intenta no dar portazo a mis recuerdos. Piensa que llevarán días, meses o puede que incluso años vagando y mendigando por ahí, abrazándose a cualquier excusa para poder pronunciarse, a la espera de que alguien los acogiese, los escuchase y les diese calor. Son aquellos recuerdos que fabricamos juntos, con las mismas manos con las que construimos un futuro que jamás fue, son esas anécdotas estúpidas que sólo nos hacen gracia a ti y a mí, escritas en un idioma que ya nadie practica, otra lengua muerta a manos de un paladar exquisito.
Dales cobijo. Préstales algo, cualquier cosa, aunque sólo sea tu atención.
Porque si algún día sabes de mí, eso significará muchas cosas. La primera, que por mucho que lo intenté, no me pude ir tan lejos de ti como yo quería. La segunda, que por mucho que lo deseaste, tú tampoco pudiste quedarte tan cerca de donde alguna vez fuimos feliz. Sí, feliz. La tercera, que tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad. Y la cuarta, -por hacer la lista finita-, que cualquier resta es en realidad una suma disfrazada de cero, una vuelta a cualquier sitio menos al lugar del que se partió.
Nada de todo esto debería turbar ni alterar tu existencia el día que sepas de mí. Nada de todo esto debería dejarte mal. Piensa que tú y yo pudimos con todo. Piensa que todo se pudo y todo se tuvo, hasta el final.
A partir de ahora, tú tranquila, que yo estaré bien. Me conformo con que algún día sepas de mí, me conformo con que alguien vuelva a morderte de alegría, me basta con saber que algún día mi nombre volverá a rozar tus oídos y a entornar tus labios. Esos que ahora abres ante cualquiera que cuente cosas sobre mí.
Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonta y disimula.
Haz ver que me olvidas.
Y me acabarás olvidando.
De verdad.

Risto Mejide.

lunes, 10 de junio de 2013

Faltas de ortografía

Hoy me siento indignada, señores.

Resulta, que en un grupo de mi carrera, en el que yo también participio, leí el comentario de una persona que se quejaba sobre su supuesto suspenso. Esta persona, en concreto, no sabe la diferencia que hay entre “hay” y “ahí”. Pero ya no me refiero a esta persona en concreto, sino a la cantidad de personas, que diariamente, hacen  que me suban las dioptrías cuando leo sus faltas de ortografía. Son personas que estudian carreras. Personas que superaron, supuestamente y  en su momento,  los “Cuadernos Rubio” que enviaban los profesos cuando se tenía más faltas de ortografía de lo habitual o cuando se tenía una caligrafía un tanto desmejorada.  

Algunas personas me califican como choni, ordinaria… e incluso una de mis mejores amigas, en un momento dado, me llamó “soez”. Quien me conozca sabrá la cantidad de barbaridades que suelto diariamente, única y exclusivamente, por mi afán de reír. Pero una cosa es hablar mal siendo consciente de ello, y otra cosa muy distinta, es que seas así por naturaleza, teniendo una Carrera a tus espaldas. Una de las cosas más graciosas que te puede ocurrir en estos casos, es cuando te encuentras a la madre o a la abuela de la susodicha y te hablan de ella: “mi hija, ha terminado ya la carrera con unas notazas…”, “mi nieta ha sacado tan bien el curso, que hasta un profesor la felicitó y todo”. Perdonen ustedes pero: “tu hija ha terminado la carrera porque los exámenes eran tipo test y no tenía que escribir, porque vaya, expresarse bien la chiquilla, no es que lo haga…”,  “a tu nieta la felicitó un profesor porque hay rumores, por la Universidad, de que visitaba mucho su despacho… y claro, teniendo ese tipo de confianza con él, qué menos que felicitarla”.  Pero claro, tú tienes educación y respeto, y ese tipo de cosas las piensas pero no las dices. Yo seré una ordinaria y no habré terminado la Carrera aún, pero me preocupo por ser empática y tener una buena escucha activa, por ser profesional y buena en mi futura (o eso espero) profesión y si tengo alguna duda (porque las sigo teniendo) sobre cómo se escribe una palabra, ya no me voy a la Enciclopedia… busco la palabra en Internet y punto. Pero claro, yo soy de ese tipo de personas que se preocupan de autocorregirse y son críticas con ellas mismas.

Este problema, como muchos otros, es por un fallo del Sistema. ¿Cómo podemos escandalizarnos  cuando leemos “save” en vez de “sabe” cuando el Ministro de Salud tiene “Estudios de Derecho” en vez de tener una Licenciatura en Medicina? Por ejemplo. Qué tendrá que ver Derecho con Medicina, y si para más inri, solamente tiene “Estudios” por no decir “Algunas asignaturas aprobadas, pero NO la Carrera terminada”. 

Pero bueno… ese ya es otro tema distinto del que hoy no voy a hablar.

Lo que realmente vengo a criticar, es la falta de preocupación junto con la de ambición, de aquellos que estudian, supuestamente, una carrera y que únicamente quieren aprobar, sin importarles o no, si han adquirido las habilidades necesarias para desenvolverse en su futura profesión. 

domingo, 26 de mayo de 2013

Acetona: el peor remedio para el enamoramiento

Hay chicas que normalmente llevamos las uñas pintadas. Tenemos las uñas rojas, nos cansamos de ese color, utilizamos acetona, y a continuación, las pintamos de verde. La acetona es un gran remedio para borrar y hacer cuenta nueva de las cosas. Ojalá pudiéramos utilizar algún tipo de acetona especial para borrar los sentimientos, el daño que te ha hecho una persona y empezar de cero en la próxima relación.

El problema viene tras eliminar muchas capas de pintura. Eliminas la última y te das cuenta, que en los bordes de las uñas, que en los resquicios en los que normalmente no te paras a mirar queda aún pintura de distintos colores. Sí, esto es lo que pasa cuando no finalizada una relación totalmente, pasas a la siguiente, que aún quedan restos. Lo único que deseas es sentirte bien, en sentirte viva, en recordar sentimientos y situaciones que habías olvidado. La alegría vuelve a ti y piensas que has superado totalmente esa relación preciosa en la que has estado inmersa durante ocho años.


Pero todo lo que empieza termina, antes o después. Te vuelves a llevar otra desilusión, y lo peor de esta nueva situación, es que te habías aferrado a esa nueva realidad con las pocas fuerzas que te quedaban aún vivas, después del fracaso anterior. Y ahora te encuentras sin nada. Ahora sí que lo has perdido absolutamente todo y no te quedan fuerzas siquiera para esforzarte por sonreír como antes, cuando cada mañana al levantarte te ponías la meta de hacerlo de verdad, al menos un par de veces al día.

lunes, 25 de febrero de 2013


¿Y por qué no me contó la verdad años después?
Al principio quería hacerlo, pero luego me di cuenta de que le haría más daño que bien. Que nada podía cambiar el pasado. Decidí ocultarle la verdad porque pensaba que era mejor que se pareciese usted a su padre y menos a mí.


-          Siempre he pensado que el que siente mucho apego a un rebaño es que tiene algo de borrego.

(Carlos Ruiz Zafón: El prisionero del cielo)