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viernes, 20 de septiembre de 2013

Seguir sin ti



Es inútil, además de poco aconsejable, intentar tenerlo todo bajo control o querer anticiparse a lo que sigue.
En aquella época aprendí que, nos guste o no, lo que la vida tiene para darnos no se detiene a escucharnos, sólo fluye.
Aprendí que un ingrediente esencial de la búsqueda consciente o inconsciente de mi propia “infelicidad” era mi manía de actuar como si pudiera determinar lo que habría de suceder, en lugar de aceptar los impredecibles cambios de la vida.
Hubo una época en que mi pelea era permanente.
Oscilaba entre el trabajo que me tomaba por hacer que todo saliera como yo quería y la energía que gastaba tratando de determinar con precisión en qué había fallado para que pasara lo que pasó. Lo hacía sin darme cuenta de que cuando luchamos contra lo que es, por ser como es, interrumpimos el libre fluir de los acontecimientos y evitamos que la situación pueda evolucionar hacia mejor.
Aprendí que la felicidad tiene mucho que ver con la aceptación y la infelicidad con la distancia entre las expectativas y el camino que toma la vida.
Aprendí que la vida nunca responde a todos nuestros deseos ni se ajusta a corresponderse con nuestros méritos.
Aprendí que la realidad nos golpea a cada momentos mostrándonos que nada se puede atesorar, pero también nos acaricia cuando comprobamos que siempre podemos comenzar una vez más, con lo que nuevo que la vida nos trae.
Por eso es preciso aceptar que pasó lo que pasó y soltar “lo viejo”.
La felicidad tiene que ver con admitir sin excepciones que no podemos cambiar el pasado, aunque ciertamente podemos cambiar la forma en que interpretamos eso que pasó.

Seguir sin ti - Jorge Bucay

martes, 15 de febrero de 2011

Primera vez

Aquí estamos los dos, uno delante del otro. Nerviosos, pero decididos. Sabemos que cualquier inexperienciaeso dicen. Sonríe, te digo, y tus ojos lo hacen por tus labios, háblame, te digo, y tu silencio lo hace por tu voz, quiéreme, te suplico, y depositas tu mirada en la mía, haciéndolo. Y me abrazas. será superada con creces por nuestro amor, o

Realizamos despacio cada gesto por temor a equivocarnos, para dilatar el tiempo y saborear el instante cincelándolo en la lengua. Me llega tu respiración cada vez más agitada conforme vas desnudándome. Lentamente nos despojamos de las prendas y vamos en pos del ser que hay delante para cometer el acto milagroso de confluir en una vida como si la apresáramos. Nos entretenemos en cada caricia para precisar el sentido del otro, para permitirnos calar desde la superficie hasta lo profundo y trascender los cuerpos. Dejamos a las bocas que se beban, a las carnes de los labios que se atrapen, a las lenguas enloquecidas que se enreden, a las comisuras elongarse en su avidez por engullirse. Se ablandan los huesos, se endurece la carne. Las pieles se erizan de deseo que aplacan sumergiéndose la una en la otra. La búsqueda dubitativa culmina en la unión aún torpe, después cierta.

Abandonándonos los cuerpos a sí mismos, comenzamos a derrarmarnos en el otro. El placer emergente rinde los párpados. Comienza el roce de filos de almas, el oleaje del cosmos, el vaivén de óceanos abisales, el sol ha muerto, es tormenta y noche, relámpagos cortantes abren la negrura, rayos y crujidos de trueno se clavan en la espina dorsal, la mente se diluye en el choque, chilla hasta que se rompe, y sus añicos tintinean en ecos solitarios que desfallecen cada vez con mayor lejanía en la oscuridad. Los ojos se entreabren mientras llueve con mansedumbre la dulzura y se expanden, algodonándose, nubes de paz que navegan hacia el horizonte, para morir.

Cuando caemos en nuestros cuerpos, ya está. Tú me has leído. Yo te he escrito. Hemos sembrado un hijo, un amor, el cuento.


Áloe Azid 

Cuatro paredes

Siempre encerrada entre estas cuatro paredes, inventándome mundos para no pensar en esta vida plana, unidimensional, limitada por el fatal rectángulo de la hoja.


Ana María Shua