Es inútil, además de poco aconsejable, intentar tenerlo todo
bajo control o querer anticiparse a lo que sigue.
En aquella época aprendí que, nos guste o no, lo que la vida
tiene para darnos no se detiene a escucharnos, sólo fluye.
Aprendí que un ingrediente esencial de la búsqueda
consciente o inconsciente de mi propia “infelicidad” era mi manía de actuar
como si pudiera determinar lo que habría de suceder, en lugar de aceptar los
impredecibles cambios de la vida.
Hubo una época en que mi pelea era permanente.
Oscilaba entre el trabajo que me tomaba por hacer que todo
saliera como yo quería y la energía que gastaba tratando de determinar con
precisión en qué había fallado para que pasara lo que pasó. Lo hacía sin darme
cuenta de que cuando luchamos contra lo que es, por ser como es, interrumpimos
el libre fluir de los acontecimientos y evitamos que la situación pueda
evolucionar hacia mejor.
Aprendí que la felicidad tiene mucho que ver con la
aceptación y la infelicidad con la distancia entre las expectativas y el camino
que toma la vida.
Aprendí que la vida nunca responde a todos nuestros deseos
ni se ajusta a corresponderse con nuestros méritos.
Aprendí que la realidad nos golpea a cada momentos
mostrándonos que nada se puede atesorar, pero también nos acaricia cuando
comprobamos que siempre podemos comenzar una vez más, con lo que nuevo que la
vida nos trae.
Por eso es preciso aceptar que pasó lo que pasó y soltar “lo
viejo”.
La felicidad tiene que ver con admitir sin excepciones que
no podemos cambiar el pasado, aunque ciertamente podemos cambiar la forma en
que interpretamos eso que pasó.
Seguir sin ti - Jorge Bucay