Hoy no estoy especialmente triste, como siempre que comienzo a escribir en este lugar. Hoy me encuentro melancólica, o dicho en otras palabras, especialmente reflexiva.
Estos meses me han cambiado. Hace algún tiempo, yo era de ese tipo de personas que sabían en todo momento lo que querían, lo que buscaban en la vida, sus metas y a dónde querían llegar. Pero con el mes de junio llegó el calor a mi ciudad, y con él, todo mi mundo comenzó a tambalearse. Empecé cambiando las copas de Brugal por las copas de Beefeater. Lo curioso, es que esta última bebida nunca antes me había gustado, pero si no pruebas las cosas, nunca sabes si te llegarán a gustar o no. Empecé a percibir un mundo totalmente distinto al mío, un mundo totalmente novedoso para mis ojos. Con este mundo llegaron ideas nuevas. Ideas que fueron madurando en mi cabecita. Al mismo tiempo, también percibí olores nuevos y probé sabores distintos. Todo ello era tan hermoso, que nunca se me pasó por la cabeza el hecho de que como todo en la vida, esto tenía su doble cara. Puedes sentir felicidad y tristeza, pero no las dos cosas al mismo tiempo.
Con el paso del tiempo llegó el invierno y junto a él, la Navidad. Fuí al lugar donde realmente vuelvo a encontrarme a mí misma cuando me pierdo, y una vez más, ví a esa Lidia. Continuaba como siempre, pero esta vez tenía algo que la hacía distinta: tenía el pelo más largo. Esa diferencia era la que ahora la destacaba por encima de las demás cualidades. Comprendió que hay cosas que uno no puede controlar. Que todas las personas somos humanas. Que hay aspectos que aunque uno piense que no puede afectar a una relación de pareja, terminan afectándola. Que los jóvenes son jóvenes y tienen que hacer cosas de jóvenes. Que uno no se muere por mal de amores. Y que como dice mi tía: "No hay que hacer planes. La vida hay que llevarla tal y como viene".
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